
Llueve de sol en Oaxaca, mi padre unió sus dedos
al tocar el cincel.
El cincel al golpear sobre la piedra siente la furia sin nombre.
Cada golpe ignora lo que piensa,
¿o cada cincelada sufre la tristeza de mi padre?
Porque el hombre y la piedra parecen golpeados
por la misma naturaleza, la soledad sin límite ni razón.
El polvo desprendido _alma inmaculada_ se incrusta en la piel
confundiendo la materia como un solo cuerpo.
Llueve de sol en Oaxaca, los ojos centrados en el corazón de la piedra
reconocen a tiempo la humedad roja, caliente, ágil, liberada.
Una lágrima atestigua que el cincel penetró desde el primer golpe
no solo a las almas, sino la carne que aún respira.
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