
De ilusos está lleno el infierno,
yo he desertado.
Sandeces y afanes imposibles,
han sido estas invocaciones mías, irremediablemente ridículas
como necios han sido mi sopor
y mi odio a lo obediente y a lo asequible.
Quizá por transparente
o por mudo pocos me han visto
y justo eso era lo que animaba
mis pasos y mis delirios.
Por premio último tengo ser invisible e inofensivo,
por corona decisiva
regocijarme en mi displicencia.
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¿Dónde podré dar cumplimiento a la profecía de septiembre,
la única que parece ser completamente mía?
Si algo conozco yo son las mudanzas.
He transcurrido, fluctuante,
entre idas y venidas;
hoy empaco y mañana desempaco,
nómada más del alma que del suelo,
movedizo en la sangre más que en la geografía.
Tanto he recorrido que confundo los nombres y los lugares.
aguardo una mujer en cada sitio
y luego me pierdo,
nunca permanezco.
No es menos incierta mi trayectoria que mi origen:
desconfío del humo y del fuego,
Solamente en lo álgido me hallo seguro,
porque el frío purifica bien
y no se unta sobre los poros.
Todo con tal de abjurar de relieves,
con tal de no tener cara ni contorno.
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Quizá algún día ya no me entretenga,
como hasta ahora he hecho,
inventando fórmulas para alargar las noches.
que desista de usar mis ratos libres
extendiendo la música.
Casi seguro es que ya no me divierta más
escribiendo métodos
para estar en calma y sin decibeles.
Tal vez dentro de poco abandone la parálisis
y busque algo qué hacer,
algo productivo,
algo que el mundo mucho aprecie
como fabricar alambre de púas
o furtivas discordias
Quizá algún día, pronto, me canse
y deje de tener por máximo pasatiempo
dibujar laberintos.
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